CULTURALIA. DE LOS “MONOS CON NAVAJA”

NOÉ GUERRA PIMENTEL

Hará dos semanas publiqué algunos puntos de vista sobre una obra de teatro, me inicié con el estreno de un montaje local “Bodas de Sangre”, comentarios que hice a mi real saber y entender y con el mejor de los propósitos y ánimo de aportar mis modesto conocimiento para bien del espectáculo y de los colimenses, es probable que alguien se haya incomodado con mis señalamientos, quizá por la falta de costumbre, quizá por la hipersensibilidad de algunos, pero que nadie que la haya visto me podrá acusar de doloso, salvo algún oficioso.

Lo hice porque quise, por la falta en nuestro ámbito de una voz crítica sobre los espectáculos y porque es mi derecho como espectador cuestionar y como colaborador de diferentes medios escribir o hablar de lo que considere pertinente, como lo pueden hacer otros. De haber alguien que me discuta, aparte de lo anterior, debo recordarle que llevé la materia durante cuatro años, que conozco dicho quehacer de fondo y de forma, pero además que he visto mucho teatro, incluso de carteleras internacionales, el suficiente para argumentar con conocimiento de causa.

Aclarado el punto, por aquello de las dudas y desahogo de los gratuitos que de la nada tratan de distorsionar y buscan desacreditar cualquier intento de análisis serio realizado con honestidad y de buena fe, paso a informarles que dando continuidad a este propósito fui a ver otra obra de la cartelera local: “Monos con Navaja”, del dramaturgo argentino Luis Alberto Saez, la última de las presentadas por la compañía de Teatro de la Universidad de Colima, ésta presentada en el descuidado Foro (universitario) Pablo Silva García.

Un montaje dirigido por el colimense Gerardo González, luego del recordado Gilberto Moreno (qepd), y antes Rafael Sandoval, con quien tuvo sus mejores momentos, contando ya setenta obras montadas en treinta años, mismas que han sido dirigidas para todos los públicos y abarcando los más diversos autores desde Moliere, Cervantes y Quevedo hasta Fo, Garro, Carballido, Leñero y Blumental, hasta llegar a nuestros días en que “el Rorro” González de unos años para acá se ha hecho cargo de mantenerla vigente, lo que para muchos se ve concretado precisamente en ésta, en la que con acierto ironiza, cuestiona y propone a partir de una trama que si bien es rebuscada, logra comunicar con un trazo limpio apoyado en una suficiente escenografía y efectos de sonido oportunos lo que no se estropea ni con la limitada iluminación que solo ofrece un rango lumínico.

El reparto, iniciado en escena por Ricardo Sánchez Magaña, que dicho sea se le ve muy bien en el “Hombre”, personaje al que maneja con pulcritud emocional y del que mantiene la expectación llevándolo con buenos rasgos, sin exageraciones tragicómicas para entregarnos al tipo confundido, acomplejado y temeroso tan característico de esas ciudades extraviadas en su escala humana, ahogadas por la delincuencia y sometidas por la descomposición social.

En orden de aparición encontramos al experimentado Carlos T. Mayagoitia, a quien hasta de más se le ven las tablas con su capacidad de improvisación por lo que las veces que el texto lo sorprende y los diálogos lo acosan sale bien librado y más favorecido por su condición en un papel cómodo, el del Papá-“Panadero” que caracteriza bien. El caso de Citlally Vegara, que también cumple con la “Hija” se ve bien encaminado escénicamente en esta obra, aunque creo que le falta salir, conocer otras direcciones, encontrar otras experiencias a efecto de sacar mejor todo eso que puede aprovechar de su natural capacidad histriónica.


El “Hijo” Pedro Segoviano, lo vi igual que en otros montajes, con los mismos clichés y con poco nuevo que ofrecer agarrado a un solo modo de proyectar a sus personajes aunque por ganas no queda, se ve que se esfuerza y hay humildad para crecer. Por último Carmen Solorio a quien se le aprecia sobreactuada, mal entonada en la escena, con poco nuevo me recordó a otro montaje con ellos mismos “Las chismosas de mi barrio”. Es visible que se ha estancado, lo que se resuelve con apertura para dejarse dirigir, pues se nota que se impuso en la construcción de su personaje, lo hizo cómodo, como de sketch.

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