CULTURALIA. GRISELDA ETERNA

NOÉ GUERRA PIMENTEL*
Luego de la entrada principal del Panteón municipal de Colima, a la izquierda por la calle de acceso y al norte antes de topar con pared, a la izquierda, casi en la esquina bajo la fronda de un guamúchil, ahí está su lápida de mármol blanco como viendo al sur, rematada en la cabecera por una desnuda cruz también blanca, la última morada de Griselda Álvarez Ponce de León, lugar de recuerdo donde como desde hace cuatro años acudimos varios a la cita con la memoria de una mujer excepcional, de una colimense indispensable.


La sobriedad aunada a la sencillez de ese espacio que ella seleccionó para acogerse al mandato bíblico consignado en el Génesis: “Polvo eres y en polvo te convertirás” y en el que con cada palada por adelantado tapó la boca a quienes se atrevieran a negar su arraigo, obliga a la melancolía e íntimo lleva a recapitular a esta mujer más que notable, una mujer que se atrevió y logró romper con todos y cada uno de los paradigmas que encontró, una mujer que fue capaz de verse desnuda, de aceptarse tal cual, de respetarse, entenderse y asumirse como lo que fue: bella, inteligente, de carácter y convicciones que con su paso estaba para darle sentido al verbo, más que al sustantivo, siendo como fue.

Hará 4 años este 26 de marzo cuando a una semana de cumplir los 96 años de edad falleció a las 20 horas, en su casa de la ciudad de México, allá en la colonia del Pedregal. Fue ese aciago último año cuando a quien fuera la primera gobernadora mujer en la historia del México se le acentuaran los problemas de salud, esos, como dicen los médicos, propios de su edad, por lo que largos fueron los días y meses en que férrea se sostuvo aunque postrada, llevando el recuento minucioso de sus días, repasando el inventario de sus emociones hasta aquel jueves, cuando se despidió en silencio apenas al caer el ocaso de su última noche, como quien después de una extenuante jornada se recoge a descansar.
 
Las crónicas periodísticas de la época consignan que la ex mandataria de Colima fue velada a partir de la primera hora del viernes 27 en una agencia funeraria de la ciudad de México, “la Gayoso” ubicada sobre el Eje 7 Sur de Félix Cuevas, a donde acudieron políticos, exfuncionarios y amigos que fueron recibidos por sus familiares encabezados por Miguel Delgado, su único hijo de sangre.

Este año, en la víspera de su centenario, Alvarez Ponce de León, pues nació el 5 de abril de 1913 en Guadalajara, Jalisco; la mayoría de las y los colimenses le recordamos con cariño y gratitud, rememorando no solo su desempeño público, que fue breve, apenas tres años de senadora, de 1976 a 1979 y los que fungió como Gobernadora de Colima, de 1979 a 1985, cargo que como recordamos también ocuparon su bisabuelo y su padre. Tradición que, como lo dijo este jueves Miguel, su hijo, él ya rompió, pues decidió otro camino y ver a la política solo como ese lugar especial al que sus ancestros, en ese orden, literalmente le dedicaron sangre, sudor y lágrimas.

Sangre: su tatarabuelo Manuel Álvarez, fue asesinado; sudor: su abuelo Miguel no vivió, sufrió y padeció el cargo, al final perseguido y defenestrado; y, lágrimas: las de su madre, Griselda, en aquel sexenio inédito, histórico desde antes y hasta hoy, de días y noches del ejercicio de un poder ingénito de la más inaudita soledad, solo recreada tan por retratos mudos con sonrisas congeladas, testimonio del amor distante, de los placeres idos y de pasajes olvidados.

Ella, se fue en paz, fue honrada en vida, logró los máximos lauros a los que un mexicano puede aspirar, en 1996 el Senado de la República reconoció su labor humanística con la Medalla Belisario Domínguez, destacando su indiscutible enorme legado como mujer de letras y gran poetisa con la que las letras mexicanas cerraron el siglo veinte.

Para los colimenses y el país su deceso representó una pérdida irreparable. Entre las ofrendas florales que enmarcaron el féretro en madera labrada de la exmandataria colimense, destacaban las de la mayoría de estados de la república, de los poderes de la unión, la de la UNAM, su Alma Mater y la del Instituto Nacional de Bellas Artes, su último refugio público.
*Socio de número de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, A.C.
                                                                       

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