CULTURALIA. GRISELDA INMORTAL

NOÉ GUERRA PIMENTEL*

Mencionar su nombre no se limita al reconocimiento que debemos a la gran poetisa y humanista mexicana, la más grande del siglo pasado, ni a la primera colimense y mujer en recibir el máximo galardón que otorga el Senado de la República, la medalla Belisario Domínguez, ni tampoco a la Gobernadora de una Entidad Federativa, ni siquiera por haber sido la primera en ocupar ese alto cargo en la historia política de México.

Hablar de Griselda implica conocerla para dimensionarla en su estatura real surgida de la época en que le toco nacer, en un tiempo en el que naturalmente todo le era adverso solo por ser mujer y que sin duda, al margen de los roles que como hija, cónyuge, madre y abuela desafió, también le significaron esfuerzos mayores para destacar en las otras facetas que con éxito desarrolló. Poco se sabe del contexto que hizo crecer a Griselda en momentos de plena convulsión en los que se debatía el México de inicios del siglo XX, en el que las mujeres no levantaban ni la vista mucho menos la voz. Bisnieta del gestor de una entidad federativa, Manuel Álvarez Zamora, fue la primogénita del también Gobernador Miguel Álvarez García, el “Capacha”, arquetipo del “macho mexicano” gran parte de su vida fue querido de las mujeres y apreciado de los hombres.


Con esa dominante figura paterna, Griselda nació en plena agitación revolucionaria días después de la llamada “Decena trágica” en la que Madero y Pino Suárez fueron las victimas emblemáticas de aquel golpe de estado perpetrado desde la ambición exterior mientras al interior México se convulsionaba en busca de su propia definición política. Griselda, en tanto, refugiada en el seno familiar daba sus primeros pasos en la hacienda de Chiapa que la vio trastabillar y correr entre berrinches y travesuras, bajo la mirada cómplice de la servidumbre que le reía. Actuación que en ambientes distantes del ya desintegrado cobijo familiar le llevó a enfrentar la gran tragedia de tener todo y luego nada: Ni una Madre, ni una hermana; ni tíos, ni abuelos; de pronto solo un Padre que envejecido debatía sus últimos días en la pobreza caída de golpe junto con los malos tiempos y los buenos recuerdos empolvados de la soledad.
Mientras Zapata, Villa, Carranza y Obregón pasaban a la nómina de la historia, ella forjaba su carácter en escuelas religiosas conspirando en silencio contra su condición femenina trepada en su genética alimentada con lecturas de desasosiego. Tiempos de cambio en los que sobrellevó su circunstancia y habilitó su coraza frente a lo que iba contra su saber y entender, haciéndose de una personalidad recia, bella, dueña plena de un entorno donde tomaba o creaba sus oportunidades. Así fue como Griselda arribó al México contemporáneo que nació a las primeras instituciones pero que aún se mutilaba en asonadas y crímenes de Estado. El “Milagro mexicano” de posguerra gestó varios frentes, uno, el de la apertura política y el más importante, la apertura a sectores marginados como el de las mujeres que empezaron a ingresar a las universidades.

De gustos refinados como herencia, a los que sumó la experiencia propia crecida entre viajes y la frecuente alternancia con grupos del ámbito artístico y culturales más importantes de la época, permitieron a Griselda adentrarse primero en la elite intelectual y luego, desde ahí avanzar no sin cautela, por los intrincados senderos de la política. Espacio vetado donde bajo el estigma y sabotajes de algunos, se atrevió hasta arribar a un Gobierno, el de Colima, donde consolidó la presencia femenina y dejó la puerta franca para que el resto le siguieran, como ocurre y que hoy nos tare para aplaudir no solo una gestión de logros, sino a la trascendencia de una figura capital que rebasó con creces los limites que la historia le marcaba.
Bien por ella, bien por Griselda, bien por las mujeres, no solo por las presentes, sino por todas las que después de ella han sido y son, en mucho gracias al ejemplo de una vida forjada sin precedentes consolidó esta mujer ilustre que desde el día que nació de hará cien años, fue Griselda Álvarez Ponce de León, nuestra entrañable ausente siempre presente.

*Integrante de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, A.C.

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