CULTURALIA. LA TRADICIÓN FUNERAL DE COLIMA

NOÉ GUERRA PIMENTEL*
A la llegada de los españoles y de acuerdo con su cultura, las formas rituales funerales aborígenes se cristianizaron por lo que cambiaron radicalmente, de tal manera que todos los muertos debían ser sepultados y de preferencia en el Camposanto o sea, en los atrios, patios, corredores, sótano o altares de los edificios de ministerio católico, entierros a los que además de rezos se les incorporaron otros elementos propios de la nueva religión como la cruz, el rosario y las imágenes de santas y santos afines al difunto o sus dolientes.

El Camposanto o lugar sagrado de la religión católica era, por lo general, el del asentamiento de sus espacios de culto, es decir sus capillas, parroquias, iglesias, templos, catedrales, etc., mismos que a la usanza europea eran utilizados para dar “cristiana sepultura” a los difuntos fieles “a la palabra del señor” y de los “santos evangelios”, siempre que estuvieran al corriente en sus compromisos con la fe, lo que además de los sacramentos incluía: diezmos, limosnas y todas las exacciones que con el pretexto religioso aplica el catolicismo a sus creyentes, bajo la pena de no ser aceptados y por tanto morir en la excomunión o fuera de la “bendición del señor”.

En la Villa de Colima el primer Camposanto funcionó hasta entrado el siglo XX en las inmediaciones de la Parroquia de Colima, espacio que operó como tal por lo menos durante dos siglos y medio hasta que fue insuficiente, a la par de los otros que también se utilizaron, a saber el convento mercedario ubicado al poniente y el del hospital de San Juan de Dios, localizado al sur de éste, sobre la actual calle Gildardo Gómez, antes llamada de los fresnos con frente abierto al río Colima.

Fue a mediados del siglo XVIII cuando por razones de salubridad se decidió habilitar espacios alternos a los conventos y parroquias para sepultar a los seres queridos en sitios más alejados corriéndolos al oriente, primero en las inmediaciones del jardín Núñez, entre Madero y Filomeno Medina, luego en la confluencia y término de las actuales calles Madero y Pedro A. Galván, predio conocido como el Moralete, que funcionó hasta 1883, ante la mortandad que por casi dos años ocasionó la Fiebre amarilla y que obligó a las autoridades a poner en funcionamiento otra sede, lo que ya fue el primer cementerio civil fundado bajo las condiciones de la leyes de reforma, mismo que hasta hoy opera.

Antes de que funcionará el cementerio de Colima en su actual asiento de Las Víboras, otro lugar en Colima fue el último refugio de decenas de extranjeros, la mayoría alemanes, protestantes o liberales, es decir no católicos, me refiero al que aunque no funciona como tal desde 1944, fecha en que recibió a su último cuerpo, el primero se inhumó en 1851, aún se conoce como el “Panteón de los Gringos”, finca luctuosa construida por estos inmigrantes y cuyos últimos vestigios se encuentran entre las avenidas Tecnológico y V. Carranza, cementerio que no “Camposanto”, pues sus 132 moradores “no eran de fe”, “no eran cristianos”. 

De un tiempo acá en Colima, hará apenas unas tres décadas los usos funerarios han cambiado, se han adoptado prácticas de otros lugares, en mucho sin comprenderlas, por simple moda, cuando hasta hace unas tres décadas estos días, en el mejor de los casos, eran solo de recogimiento familiar para honrar a sus difuntos, a los que en el hogar con veladoras para cada uno, en grupo, se les dedicaba un sencillo altar y se le acompañaba con rezos. Otras familias, las pocas, iban al cementerio a llevar la corona, el ramo de flores, la veladora o corona de papel al ser amado, elementos que se le depositaban en la lápida previamente limpia. Eso era todo, nada de Cempasúchil, ni papel picado, ni pan de muertos, ni esos otros elementos que si son de otras regiones pero no de Colima.
*Presidente de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, A.C.

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