CULTURALIA. PANTEÓN CIVICO DE LOS COLIMENSES


NOÉ GUERRA PIMENTEL*
Como un homenaje modesto al extrañado Juan Carlos Reyes Garza (qpd) me permito retomar una mínima parte de una minuciosa investigación que realizó sobre la escultura pública en Colima, trabajo que íntegro publicado virtualmente y que se puede consultar en: culturacolima.gob.mx/cepec/historia_prologo_texto.pdf.

Mismo en el que por citar un ejemplo, de la cantidad de obra que se encuentra dispersa por todo el Estado, varias están dedicadas a unos pocos próceres, como  “Benito Juárez que tiene 14 altares, Miguel Hidalgo con 10, Emiliano Zapata 5, Gregorio Torres Quintero y Morelos 4 cada uno, Gustavo Vázquez que tiene 3; Cuauhtémoc, José Pimentel Llerenas, Alberto Isaac y los maestros Susana Ortiz Silva y J. Jesús Preciado con 2 cada uno, y 2 también de un empresario local del periodismo, con la diferencia de que los altares a este último no fueron levantados por el Gobierno (aunque algunos lo avalaron). El resto, que son muchos para enlistarlos aquí, cuentan con uno cada uno.

Es fácil apreciar que la elección no es arbitraria, se ajusta a los intereses del Estado nacional y a los conceptos fundamentales de la nación, mexicana en este caso: libertad=Hidalgo, legalidad=Juárez, nacionalismo=Morelos, pueblo-campesino=Zapata, educación=Torres Quintero, reivindicación (del indio) = Cuauhtémoc, sindicalismo=Pimentel Llerenas.

El caso del gobernador Vázquez Montes resulta menos claro como símbolo de concepto, y al mismo tiempo un ejemplo evidente, no único pero sí el más reciente a nivel local de cómo el Estado es quien tiene la capacidad de proponer candidatos al panteón cívico. Caso distinto es el de Susana Ortiz Silva y J. Jesús Preciado pues –sin demérito de las virtudes que los hayan hecho merecedores de homenaje–, no necesariamente representan un concepto, pero ambos, junto con un numeroso grupo de otros maestros que han sido consagrados con monumentos son la evidencia de otro poder social, el magisterio.

Aun siendo parte del Estado, por su peso específico, tanto el magisterio como la Universidad de Colima son “poderes” que aquí merecen ser tratados aparte. Sobre el primero, en el párrafo anterior señalo que un número considerable de los monumentos de Colima están dedicados a maestros, cuya trascendencia personal no rebasa entidad, y en algunos casos los de la localidad. Gregorio Torres Quintero es la excepción.

En cuanto a la Universidad, su relevancia para nuestro tema está en que es la institución que ha patrocinado el mayor número de obras, sólo después del Gobierno del Estado. Esto se explica por varias razones, siendo la principal que si por definición la universidad es generadora de cultura –en el sentido amplio del término–, no sorprende que fuera en sus espacios donde se vieran los primeros ejemplos de arte público, para nuestro asunto arte escultórico.
Hay, además, otras razones puramente coyunturales y de vocación –no siempre ni necesariamente artística– de algunos universitarios destacados, que explicarían su notabilísima aportación a la escultura pública colimense. Revelador de las prioridades del Estado es que los elegidos son en su gran mayoría personajes históricos y políticos, en tanto que los artistas e intelectuales son minoría.

Retomando la tesis de que los monumentos representan los intereses del poder que los hizo posible, en el documento se hace un somero recorrido por la historia de Colima, vista a través de sus monumentos y esculturas. Pero antes es necesario señalar que esta historia inicia en la segunda década del siglo XX pues, no sabemos de ningún monumento o escultura pública del siglo XIX, o anteriores, que aún exista.

Nota: La SCEH se une a la pena que embarga a nuestro estimado Consocio y Secretario José Guillermo Ruelas Ocampo, por la irreparable pérdida de su querido hermano. Rogamos el pronto consuelo para él y sus seres queridos.
*Presidente de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, A.C.

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