CULTURALIA. ITURBIDE, EL INOCULTABLE

NOÉ GUERRA PIMENTEL*
En efecto, a diferencia de los insurgentes, el Plan de Iguala, más que consumar airoso el desgastante movimiento armado de la mal llamada “Independencia” hizo de la unidad entre todos la clave del nacimiento de un nuevo Estado, el Mexicano. De aquí el significado del rojo de la bandera. Pero le debemos más. Tomando el legado dejado por Hidalgo, Morelos y otros más, en 1821 proclamó la igualdad entre todos los habitantes del naciente Estado “sin distinción alguna de europeos, africanos, ni indios”.

Sin embargo, su nombre y su obra cumbre se han ocultado: el nacimiento de México. Hoy Iturbide es “impronunciable” en la historia mexicana. En ningún discurso, ceremonia, festejo o “grito” se acostumbra o se tolera siquiera mencionarlo, y todos vivimos la fiesta patriótica por excelencia el 15-16 y no el 27 de septiembre, día que recuerda –Lucas Alamán- el “más feliz de nuestra historia”, cuando las tropas trigarantes entraron a la ciudad de México cortando definitivamente (obra y gracia del oportunista clero católico mexicano, que con eso erradicaba la “amenaza” de la Constitución de Cádiz), los lazos con España.

En contraste con esta ingratitud, han sido historiadores de otras latitudes y unos pocos mexicanos los que nos hemos interesado en estudiar y comprender con mayor objetividad el papel jugado por el primer emperador mexicano, más allá de polémicas que, en mi opinión, sólo han servido para debilitarnos y dividirnos; sus conclusiones contrastan con las de los mercenarios locales de la historia que solo han medrado de la oficialidad, y se acercan a las de Alamán, Lafragua, Riva Palacio, Justo Sierra, García Cubas, Bulnes, Ramos Pedrueza, Ezequiel A. Chávez, Jiménez Codinach y el cada vez más desacreditado Krauze.

Urge, pues, ante el proceso de democratización que se supone en México al comenzar el siglo XXI, reparar la injusticia y hacer un esfuerzo de comprensión, por lo menos desapasionado, en torno al figura del vilipendiado padre del Estado Mexicano, del creador de nuestra bandera y de nuestro ejército, del que, a lo mejor sin saber, nos indicó el camino para ser libres y señalarnos la ruta de la común felicidad: la Unión entre los mexicanos. Para comenzar sería bueno publicar los escritos de Iturbide, hasta hoy dispersos en diversos archivos.

En el Grito del 15 de septiembre en varias ocasiones se ha rescatado ya parte del mensaje iturbidista, pero todavía existen recelos y temores -por la carga ideológica que rodea su nombre- para gritar “¡Viva Iturbide!”. ¿Qué problema existe para gritar en un estado democrático, moderno, laico, seguro de sí ¡Viva la Independencia!, ¡Viva la Unión!, y luego manifestar la gratitud colectiva de todos con un ¡Viva Hidalgo!, ¡Viva Morelos! y ¡Viva Iturbide!, concluyendo con el acostumbrado ¡Viva México!? Una cuestión de elemental justicia? ¿Acaso la superación de nuestro maniqueísmo histórico no es el camino para la urgente, para la esperada reconciliación histórica entre los mexicanos?

Hoy, que nadie piensa en monarquías fallidas, es bueno que volteemos a ver la senda que otros nos marcaron. Si la Unión fue la clave para llegar sin matarnos a una condición pactada diferente, que sea la unión la forma de establecer una democracia pactada entre todos. En julio de 2000 creímos experimentar un cambio pero fue fallido, la historia así lo ha consignado, pero no todo está perdido, es tiempo de hacer realidad la frase de Iturbide; nos toca a nosotros, una vez más, el determinar ser felices, hagámoslo unidos y en 2021, al celebrarse, ahora sí, el bicentenario del nacimiento de México, tal vez seamos esa nación igualitaria y fuerte que la mayoría anhelamos ser.

*Presidente de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, A.C.
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