CULTURALIA. EL DES-ENCANTO DEL ÁGUILA

NOÉ GUERRA PIMENTEL*
Hecha con una trama presentada en 13 capítulos, con locaciones en San Luis Potosí, Veracruz, Tlaxcala, DF y Puebla y estrenada en televisión abierta el 15 pasado, es una pena, de balde elenco y millones de dólares tirados en esta producción televisiva con la que se levantaron grandes expectativas publicitarias, solo para darnos otra vez atole con el dedo, además ofendernos con una “serie histórica” hecha al vapor por una empresa que actúa confabulada con el poder y parte del mismo, empeñada en tratarnos como menores de edad, agraviándonos con las mismas mentiras de la ilógica y contradictoria historia de bronce, esa que hace alarde del tono simplista de los buenos contra malos.

El inicio de la serie se contextualiza en 1910, cuando Madero se levanta en armas contra Porfirio Díaz y la concluyen con el asesinato de Obregón, en 1927. Ahí uno de los tantos fallos históricos, pues la guerra civil que padeció nuestro país se vio consumada hasta con Cárdenas en la Presidencia y para muestra ahí está el alzamiento y asesinato de Saturnino Cedillo en 1939, más de una década después; aunque como justificación a su historia light, ponen en pantallas oscuras casi ilegibles, que “solo se retoman los momentos más importantes”, como para que los retrasados podamos hilar sin cansarnos con aburridas particularidades.
Con más de un centenar de actores, se supone el gasto de esta pifia protagonizada por gente de respeto como Damián Alcázar que hace a un Calles bastante chaparro, poco creíble evidentemente no estudiado; una Cecilia Suárez, que medio convence con su Carmelita Romero Rubio; un Tenoch Huerta, que hace a un Zapata enclenque y ridículo al que no se le cree nada; un Ignacio López Tarso que será muy él, pero tampoco salva a un Porfirio Díaz estereotipado, sin la profundidad a que obliga el personaje; un Gustavo Sánchez, que enana a Felipe Ángeles y Emilio Chavarría, a quien literalmente le quedó grande el Carranza que intenta alcanzar; entre otros mediocrizados por la ausencia de un hilo conductor y la nula dirección, en la que aún con lo pretencioso de la producción se ve la improvisación y la desarticulación -a modo- de ese pasaje de la historia, muy al estilo de Pedro Torres, productor –de videos y de “Mujeres asesinas”- y del “cineasta” Gerardo Tort, director de comerciales de televisión, quienes con su capacidad y experiencia no logran pasar de sus sets telenoveleros, de la mano de lo digital que se ve por todos lados, al grado que abusan con cuadros tan impecables que rayan en lo kitsch.
En el desfile de personajes en ocasiones inconexos, fue el escritor Héctor Aguilar Camín, el asesor responsable, según aparece en los créditos, aunque por lo visto ahora el pago por usar su nombre, mal que bien conocido, fue con la condición de “no moverle”, contrario a cómo lo hizo en “Morir en el Golfo”, aquella novela donde puntualmente y como por encargo le movió tanto que descarnó los vicios y exhibió los excesos del sindicalismo mexicano. Una pena por él, porque otra vez deja ir la oportunidad de reivindicarse como un intelectual informado, crítico y serio.
En ese sentido, el aspecto con el que la serie nos queda a deber, es en el guión, como ya dije, solo reafirmante de la mítica historia novelada que como verdades absolutas e irrebatibles nos recetaron en la primaria y que para nuestra decepción otra vez nos la hacen tragar como el aceite de hígado de tiburón, agüevo. Los culpables del absurdo de Televisa fueron: Caitlin Irwin, Ximena Escalante y Alejandro Mendoza, con el apoyo de Felipe Ávila, Antonio Saborit y Úrsula Camba como “historiadores” consultados. Lo único bueno de todo, es que la semana siguiente ya termina.
*Presidente de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, A.C.

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