CULTURALIA. EN OCASIÓN DEL “GRITO” (II-III)


NOÉ GUERRA PIMENTEL*
En 1821, año en el que termina el movimiento por Iturbide y éste ocupa el trono de emperador de México, como Agustín I, se propone que se festeje más bien la fecha de consumación, el 27 de septiembre. De hecho, el 27 de octubre de 1821, se realizó el primer acto conmemorativo oficial de la independencia. La fecha se convirtió así en motivo de disputa política: mientras los monárquicos o conservadores querían festejar el 27 de septiembre, los republicanos o liberales insistían en que el día a destacar era el 16.
El asunto quedó sorteado cuando el Congreso, formado en febrero de 1822, que decretó que el 16 de septiembre, aniversario del inicio de la independencia, sería en adelante una festividad en todo el aún convulsionado territorio. No sabemos si Iturbide acató la decisión de los legisladores de buena gana, lo que sí es claro es que cuatro años después, el 16 de septiembre de 1825, el presidente Guadalupe Victoria realizó la primera celebración oficial y nacional de esta fecha patria.
Después vinieron tiempos difíciles para la naciente República; sublevaciones, asonadas, motines y rebeliones militares se sucedían una tras otra. Pero año tras año también se conmemoró el Grito, algunas veces el 15 de septiembre, otras el 16. La excepción fue en 1834, cuando el presidente Valentín Gómez Farías tuvo que celebrarlo el 4 de octubre debido a la inestabilidad política imperante en México. Durante los diferentes periodos de gobierno de Antonio López de Santa Anna la fecha se aprovechó, más que para recordar a los héroes de la independencia, para festejarlo a él.
El 15 de septiembre de 1842 la “celebración” consistió en una verbena en la Alameda Central. Al concluir la ceremonia oficial, se realizó en el cementerio de Santa Paula el sepelio de la pierna izquierda de Santa Anna, la cual fue amputada cuatro años atrás, luego de perderla al combatir contra el ejército francés. Tiempo después, el mismo pueblo que entonces acompañó al dictador en su estrafalario ritual se amotinaría y en el frenesí de su protesta sacaría la extremidad de la columna donde fue colocada, y en son de burla la pasearía por las calles de la ciudad. El 14 de septiembre de 1847, los habitantes de la capital mexicana vieron con impotencia cómo una bandera extranjera – la de Estados Unidos – ondeó en el pabellón de Palacio Nacional. La rabia llevó a muchos a atacar a los soldados yanquis con piedras, palos, cuchillos, y cuando no tenían más, con los puños.
En los barrios aparecieron muertos algunos militares invasores. Y aunque el 15 de septiembre no se realizaron ceremonias oficiales, los capitalinos salieron a conmemorar una soberanía que, sentían, se les estaba yendo de las manos. En 1864, la pompa oficial tuvo como escenario el lugar donde todo comenzó, es decir, Dolores Hidalgo. Para ello, el emperador Maximiliano de Habsburgo se trasladó al poblado guanajuatense, alojándose en la que fuera casa del insurgente José Mariano de Abasolo.
Ahí, a las 11 de la noche, después de ofrecer un discurso, el noble austriaco gritó en perfecto castellano: ¡Viva la independencia! ¡Viva Carlota”! ¡Viva Napoleón III! ¡Viva México!”. A partir de entonces y hasta la fecha, es común que el gobernante en turno anexe o elimine personajes históricos en sus arengas durante la ceremonia del Grito, lo que no está mal, si partimos de que se desconocen los conceptos reales que dieron origen a ese emblemático acto fundacional. Continúa.
*Presidente de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, A.C.

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