Una historia de historiadores

o El vigésimo aniversario de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos
Abelardo Ahumada

A quienes hemos nacido y crecido en Colima, y a quienes vinieron desde hace algunos años a vivir acá, los nombres de Gabriel de la Mora, Vicente Venegas, Juan Oseguera, María Ahumada, Florentino Vázquez Lara, Roberto Urzúa, Carlos Pizano y J. Trinidad Lepe, entre varios otros, nos traen o despiertan evocaciones de gente muy culta; de individuos que escribieron mucho y bien; de personas que destacaron en el magisterio, en el sacerdocio, en las letras o en la oratoria; de ciudadanos comprometidos con su tiempo y con su sociedad, y que desde los diferentes papeles que desempeñaron legaron a Colima una gran herencia que es necesario conocer y valorar.

Esos nombres, asociados a los de Ricardo Guzmán Nava, Juan Vaca Pulido, Luis Virgen Robles, Elías Méndez Pizano, Genaro Hernández Corona, José Levy Vázquez, Magdalena Escobosa Haas, José Salazar Cárdenas, Enrique Brizuela Virgen, Fortino Pulido Salinas, José Oscar Guedea, Cuauhtémoc Acóltzin Vidal, Mirthea Acuña, y otros que alargarían y enriquecerían la lista, son (o han sido) miembros de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, un grupo de hombres y mujeres que, motivados por similares afanes, comenzaron a reunirse hace poco más de 20 años por invitación inicial del Profr. Genaro Hernández Corona.

El sábado 14 pasado, reunidos la mayoría de los socios vivos de la SCEH en “un conocido restaurante de la ciudad de Colima”, como dicen las crónicas de sociales, se llevó a cabo la celebración, con una comida y un brindis, del vigésimo aniversario de dicha asociación, cuyo miembro más reciente en partir al más allá fue el padre Roberto Urzúa Orozco, de gratísima memoria, fallecido apenas el día 5 de este junio que aún no concluye, como lo reseñé aquí mismo el día 6.

En esa memorable reunión no sólo se guardó un respetuoso minuto de silencio en recuerdo de los miembros desaparecidos, sino que se les entregó un reconocimiento a cada uno de los que aún persisten, por la desinteresada y entusiasta labor que cada uno en sus alcances, cotidianamente realiza en pro del rescate y la conservación de la memoria de nuestra comunidad, investigando, dado charlas y conferencias, o publicando libros, artículos y fascículos, principalmente en los últimos trece años en la revista Histórica, que actualmente edita cada tres meses esta sociedad de estudios en coordinación de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado.

Como testigo presencial de ese evento puedo afirmar hoy que, contra lo que dice aquel tango argentino en relación a que “veinte años no es nada…”, veinte años pueden ser mucho si el individuo o los individuos que los están cumpliendo son tan productivos socialmente hablando como la mayoría de estos señores.

Invitado a participar con ellos en la redacción de la mencionada revista, me tocó la buenísima suerte de escribir el editorial de un número íntegro dedicado a reseñar la vida y obra del culto presbítero e historiador Florentino Vázquez Lara Centeno, que se publicó precisamente en junio de 1996, y del que rescato dos párrafos que siguen vigentes:

“Los pueblos que, como el mexicano, han padecido siglos de dominio a manos de otros o viven bajo la égida de gobiernos cuya preocupación básica no es la del desarrollo de los gobernados, suelen no atender ni valorar la labor de aquellos que gastan buena parte de su vida indagando en la de otros con el propósito de rescatar, de que no se pierda la memoria colectiva. En este sentido, los estudiosos son a lo más, ratas de archivo, cucarachas de biblioteca, hombres y mujeres raros y peculiares con los que más vale no tratar, por aburridos.

Cuando finalmente alguien descubre que la labor de uno de esos rescatistas del pasado no sólo es valiosa por lo que recupera, sino aún interesante, suele suceder también que ese alguien ya murió y el reconocimiento, por ende, es póstumo”.

En esa ocasión la Sociedad Colimense de Estudios Históricos no quiso repetir aquel error, y dándose cuenta de que la salud del padre menguaba, decidió hacerle una especie de homenaje en vida, no sólo porque fuera el presidente de la asociación en ese año, sino por su alto renombre como maestro y rector del Seminario de Colima, como vicario que fue de la diócesis y como autor de varios libros que son verdaderas minas de datos de investigación primigenia sobre la vida de Colima, entre los que mencionaré únicamente dos como muestra: Altos Estudios en Colima, donde refiere los antecedentes, el nacimiento y el desarrollo del Seminario Conciliar de Colima, primera institución de Educación Superior que hubo en nuestro estado y esa vasta región situada alrededor de los volcanes que posteriormente constituyó el territorio de la diócesis colimota; Comala, un libro donde fue paralelamente reseñando la vida social y religiosa de este bello pueblo desde que le fue entregado en encomienda al conquistador Bartolomé López un día de diciembre de 1527, con la vida y actividad del convento de San Francisco de Almoloyan, del que dependió religiosamente hablando desde febrero de 1554.

Corriendo muy parejas con la actividad intelectual del padre Vázquez Lara transitaron también las de sus famosos colegas Gabriel de la Mora (muerto el 4 de agosto del 93) y Roberto Urzúa Orozco, el primero de los cuales abandonó el sacerdocio a mediados de los años 60as del siglo pasado, para dedicarse con brillantes destellos al magisterio y a la literatura, redactando, entre muchos otros, la novela autobiográfica de El Manumiso, que quiere decir “esclavo liberto”, que durante décadas se convirtió en la mejor novela que se hubiese escrito en Colima; y Al encuentro de los jóvenes, su tesis para obtener el Doctorado en Pedagogía, y que resultó ser un verdadero compendio de historia y filosofía de la educación en el mundo y en México. Del padre Roberto también tendríamos mucho que decir, pero para ser proporcional sólo mencionaré dos obras también, comenzando por su libro Coliman, Caxitlan y Tecomán, donde describe la vida de los tecocolimecas desde antes, durante y después de la llegada de los españoles, y su famosa Trilogía Histórica de Colima, en la que incluyó su texto ya clásico sobre El Camino Real de Colima; el de La Muerte del Indio Alonso, que inspiró a otros autores a escribir una novela y una obra de teatro, y otro más, titulado Jerónimo López, conquistador de Colima, donde reseña las cartas en que aquel soldado español describió sin querer valiosísimos datos de la conquista y fundación de Colima.

De los profesores que han dado brillo a esta institución ya mencionamos algunos: Juan Oseguera Velásquez, fallecido el 11 de diciembre de 1993, y que tan sólo por sus Efemérides de México y de Colima, y su monumental recopilación de biografías de personajes Quién es quién en Colima ocuparía un sitio importante en la historia de nuestra entidad. Igual ocurrió con su tocayo Juan Vaca Pulido, fallecido el 8 de abril del 2005, quien escribió varios libros de legua, literatura y gramática españolas que sirvieron como libros de texto para los tres grados de secundaria. O con el Profr. Ricardo Guzmán Nava, quien fue diputado local, presidente municipal de Colima, director de Educación Pública en la entidad y autor, entre otros, La Colonia, amplia reseña que abarca desde los inicios de la conquista española de Colima hasta la presencia del padre Miguel Hidalgo aquí como cura interino; y sus Personajes pintorescos de Colima, donde menciona y describe a mujeres e individuos que por equis o ye circunstancias adquirieron el mote de “pintorescos” en nuestra entidad, como La Delfinera, Polidor y Chema Tamales. Del maestro Genaro Hernández hemos de destacar su libro Gregorio Torres Quintero, vida y obra y el opúsculo San Felipe de Jesús en la historia de Colima, donde como sus nombres lo indican, se dedicó a investigar, desempolvar y dar a conocer los actos y los pensamientos de estos dos importantes mexicanos.

Entre las mujeres que han participado en la SCEH, destaca doña María Ahumada Peregrina, importante coleccionista de arte prehispánico, con cuya participación se integró el Museo de las Culturas de Occidente, sede de la actual Secretaría de Cultura. Ella, quien por cierto el día de mañana cumple 17 años de haber fallecido, ofreció su casa (Guerrero 192) como sede de la SCEH desde que se constituyó oficialmente el 13 de junio de 1988 hasta su deceso tres años después. Otra gran socia es doña Magdalena Escobosa Haas, autora de El Palacio de los Azulejos (la sede de Samborn’s en la ciudad de México), traducido a varios idiomas, y Los Mercedarios, trapiches y haciendas en Colima. Similar papel desempeña en esta agrupación la maestra Mirthea Acuña Cepeda, autora de un buen cúmulo de artículos publicados en la revista Histórica, y del libro Cien años de educación cristiana en Colima.

Y si difícil es ir documentando la vida de una persona, más difícil lo es el ir documentando la actividad de gentes como éstas. Habiéndose encargado de tan ardua labor el ingeniero Arturo Navarro Iñiguez, dos veces presidente de la SCEH, quien acaba de republicar Andares, libro en el que con extraordinaria paciencia ha ido recopilando uno y mil datos sobre los primeros 20 años de esta asociación, de la que no puedo omitir al también desaparecido médico José Salazar Cárdenas, ex cronista de Tecomán, autor de El Maremoto de Cuyutlán y Las haciendas de Tecomán, entre otras numerosas obras. Debiéndome disculpar los demás socios que no los mencione porque tendría que cansar a nuestros lectores con otros tres o cuatro trabajos como éste.

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